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Leyenda de la Cruz Blanca de San Lázaro
Patrimonio inmaterial
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Leyenda de la Cruz Blanca de San Lázaro.
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La emperatriz doña Isabel de Portugal, mujer del Emperador Carlos, y madre de Felipe II, murió en Toledo el 1 de mayo de 1539 y su cadáver fue trasladado hasta la Capilla Real de Granada.

El marqués de Lombay, heredero del ducado de Gandía, fue el encargado de acompañar los restos mortales de la emperatriz desde Toledo a Granada y hacer entrega del cadáver al clero de la Catedral de Granada.

Cerca ya de la población, al dar vista a la Puerta de Elvi­ra, la comitiva hizo alto, y el Duque de Gandía abrió el ataúd para reconocer el cuerpo. En este acto estaban presentes el clero de la Catedral, el de la Real Capilla, y el reverendo arzobispo don Gaspar de Ávalos, además de representantes de la Real Chancillería y la Inquisi­ción.

El Duque de Gandía que todavía estaba enamorado de la emperatriz, fue consciente de lo efímera que es la vida, al abrir el ataúd para reconocer el cuerpo, la cara de la emperatriz estaba ya en mal estado y desfigurada, y allí donde se yergue hoy la Cruz Blanca de San Lázaro pronunció estas palabras. “Los años vuelan rápidos, y jamás volverán por el camino que recorren”.

El cortejo fúnebre siguió su recorrido ya en la oscuridad de la noche y allá, en lo más alto, entre dorados vapores de las velas, el Duque de Gandía creyó ver aparecer la imagen de su adorada doña Isabel, no como últimamente la había visto, sino más radiante y más bella que en sus más felices días; envuelto su cuerpo en vaporosas nubes, trasfigurado y divinizado su dulcísimo sem­blante, y reflejándose en la sublime expresión de sus ojos, los célicos destellos de la bienaventuranza.

El Duque después de esta visión se desmayó y tuvo unas fuertes fiebres que pusieron en riesgo su vida. Poco tiempo después, abrazó la vida monástica; renunció a todos sus bienes, honores y títulos para vestir el hábito de Loyola, siendo el resto de su vida ejemplo de humildad, de virtud y de caridad cristiana: rehusó varias veces la púr­pura cardenalicia. Aquél que había sido el marqués de Lombay y duque de Gandía fue canonizado por el pontífice Clemente X, con el nombre de San Francisco de Borja.

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Página confeccionada por Francisco Miguel Merino Laguna
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