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La alimentación en la historia antigua
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  • Desde la edad del Bronce, en el II Milenio a.n.e., la alimentación se basaba en la asociación de tres campos: los cereales, las leguminosas y los frutos.
  • El cereal, se configuró como básico en la alimentación, con el dominio del trigo duro sobre los trigos vestidos desde los inicios de la Edad del Bronce, y alcanzó tasas muy altas de producción en la etapa ibera, como lo demuestra que la moneda de Ipolca (Porcuna) llevara como imagen de la ciudad la espiga y el arado
  • Los altos porcentajes de polen de trigo de oppida iberos, como Puente Tablas en Jaén.
  • La vinculación del trigo a la panificación y al desarrollo de las pastas, que en diferentes variantes llegan hasta nuestros días, pues era práctica común en ese periodo en diversas partes del Mediterráneo.
  • No ha de olvidarse en este campo de los cereales el empleo de la cebada vestida, cuyo uso humano se asociaba ya en esa etapa a la producción de cerveza, una bebida tradicionalmente considerada por los griegos menos noble que el vino.
  • El segundo grupo de productos fueron las leguminosas. Y entre ellas, la lenteja, el guisante, el haba y la almorta se configuraron en todo el área ibérica como las más comunes.
  • Se hace, sin embargo, cada vez más patente la presencia del garbanzo en el área del Guadalquivir, gracias a las pruebas carpológicas obtenidas en Cádiz y Jaén.
  • Su producción era importante, sin duda, para alimentar de nitrógeno los campos; pero ello no merma el papel jugado en la alimentación por su abundante presencia en las muestras carpológicas halladas en las casas iberas.
  • De los frutales, tercer grupo de alimentos, hay muchos confirmados por pruebas antracológicas, es decir, por los restos de maderas carbonizadas documentadas durante la excavación arqueológica de los sitios iberos.
  • Es el caso de la uva, la aceituna, la granada, la ciruela y la almendra.
  • Además, se confirma entre los frutos de recolección el higo, la bellota, la avellana y el piñón.
  • Los iberos debieron potenciar la arboricultura en un marco en el que la propiedad de la tierra se había afirmado por unidades familiares.
  • El árbol cultivado que, al contrario de los cultivos herbáceos, exigía una labor continuada durante años sobre la misma tierra.
  • La aparición del vino, como transformación de la uva, que implica un tratamiento novedoso en el ámbito alimentario por la exigencia de espacios industriales, está confirmada por la existencia de lagares ya desde el siglo VI a.n.e., como sucede en el conocido caso del Alto de Benimaquia, en Alicante, por la importancia que cobra el ánfora como recipiente de almacenaje, y, desde luego, por la compleja vajilla que con frecuencia se hace notar en los hallazgos realizados durante los trabajos de excavación.
  • El aceite, en cambio, aunque era conocido, sin duda, por la existencia de ungüentarios de vidrio que debieron contener perfumes, al menos desde el siglo IV a.n.e., sin embargo, su uso en la alimentación no parece consumarse claramente hasta la etapa romana, y su producción con carácter intensivo también, tal y como lo muestra la almazara hallada en Jaén, junto a la fábrica de Cuétara.
  • No está claro realmente si los iberos llegaron a producir aceite por la debilidad de las pruebas conocidas hasta el momento, básicamente limitadas a una pequeña unidad de producción interpretada como almazara y descubierta en Castellet de Bernabé, en Valencia.
  • Entre las carnes, sin duda, dominó el cordero, el cabrito, el cerdo y, en menor medida, la vaca, pues sus restos óseos indican que llegaban a una edad alta, consecuencia de su empleo en labores agrícolas.
  • La información en otros campos del trabajo arqueológico confirma todo lo anterior, cuando se valora la tecnología de producción, la vajilla cerámica y los rituales de la comida reconocidos fundamentalmente a través de las imágenes.
  • La cultura ibérica diversifica claramente entre los recipientes de cocina, que sufren el impacto del fuego en la producción de alimentos, y los recipientes de consumo, normalmente a torno, y con superficies cuidadas y decoradas con pintura.
  • En el plano del consumo de los alimentos, desde la Edad del Bronce se deja notar la desaparición de los grandes recipientes a mano, con formas abiertas, y que caracterizaban la comida colectiva.
  • Al contrario, en la cultura ibérica se multiplican las formas de los recipientes de comida. Ya no se trata ni siquiera del cuenco o la cazuela individual de la Edad del Bronce, por cuanto a partir del siglo VII a.n.e. se añade además el plato de borde exvasado, que acabara dando lugar al plato de pescado en momentos posteriores.
  • Otro tanto se podría destacar de los recipientes para líquidos. Durante la Edad del Bronce se empleó por primera vez en la Península la copa de pie alto, lo que contrastaba con el tradicional multiuso del cuenco durante el Calcolítico, o Edad del Cobre. A esta nueva tradición que heredó la cultura ibérica, aunque es frecuente que el pie de la copa sea mucho más bajo, la vajilla de los iberos sumó una amplia serie de formas que recuerdan en gran medida la tradición griega.
  • Fue frecuente la llegada masiva de vajilla ateniense a partir del siglo IV a.n.e., algunas de cuyas piezas, como la copa o kilice, llamado Pintor de Viena 116, hoy se sabe, habían sido producidas para las gentes del Alto Guadalquivir, donde los príncipes las regalaban a sus clientes para asegurarse su fidelidad.
  • Hasta tal punto eran apreciadas estas piezas que, cuando los clientes morían, las amortizaban en los ajuares de sus urnas funerarias cerrando con la copa estos recipientes a modo de tapadera.
  • Un caso merece ser destacado sobre el consumo del vino, se trata del llamado silicernio de la tumba 19 de los Villares de Hoya Gonzalo en Albacete, fechado hacia el 410 a.n.e., donde se halló un conjunto de recipientes áticos que fueron rotos y quemados seguramente tras el consumo del vino al final de un banquete funerario. Se trata de un conjunto de 53 piezas, la mayor parte para beber. entre las que hay distintas formas: jarritas, bolsales, copas planas, kilices, profundas con las asas horizontales, escifos, o verticales, kantaros. Todo este conjunto indica la riqueza de matices que tuvo el acto del consumo de los líquidos que allí se bebieron.
  • La continuada presencia de imágenes de fiestas dionisiacas y de banquetes en las crateras pintadas traídas de Atenas, pues son los temas más frecuentes hallados en las tumbas iberas del Alto Guadalquivir, confirma que no hay rasgos de primitivismo en la cultura ibera, y que se habían asentado los modas urbanas en el consumo de la comida.



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Página confeccionada por Francisco Miguel Merino Laguna
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