Podemos remontar su origen a los glandes de plomo lanzados por los iberos con sus hondas.
Evolucionó desde esferas de plomo disparadas en primitivas armas de avancarga durante el siglo XIV hasta convertirse en el cartucho metálico integrado que conocemos hoy.
Este proyectil ha sido históricamente el componente más letal de la tecnología militar e individual.
Pólvora y proyectiles esféricos (Siglos XIV al XVIII): Las primeras armas de fuego utilizaban tubos que lanzaban piedras y, más tarde, bolas de plomo. Estas esferas se cargaban por la boca del cañón junto con pólvora negra y eran muy imprecisas.
La innovación de la estría y la bala Minié (Siglo XIX): Para solucionar la falta de precisión, los cañones comenzaron a llevar ranuras talladas (estrías) que hacían girar el proyectil. En 1847, el capitán francés Claude Étienne Minié inventó una bala cónica y hueca por su base que se expandía al dispararse, ajustándose perfectamente al cañón estriado, lo que aumentó drásticamente el alcance y la puntería.
Invención del cartucho metálico (Mediados del siglo XIX): Hasta entonces, la pólvora y el proyectil iban separados. La creación de cartuchos que unificaban la bala, la pólvora, la vaina y el fulminante (como los de espiga de Casimir Lefaucheux en 1836 y los de percusión anular/central) permitió la creación de los primeros revólveres y rifles de repetición.
La bala moderna (Siglos XX y XXI): A finales del siglo XIX, las balas de plomo puro se volvieron obsoletas debido a las altas velocidades y temperaturas generadas por las nuevas pólvoras sin humo. Esto dio paso a las balas encamisadas, recubiertas con metales más duros como el cobre, diseñadas para perforar o expandirse al impactar según su uso.